Texto Libertario

“Mientras exista una clase inferior, perteneceré a ella.
Mientras haya un elemento criminal, estaré hecho de el,
Mientras permanezca un alma en prision, no sere libre.”

Consideraciones acerca del Programa Anarquista – José Antonio Gutiérrez Danton

                        

Durante los últimos setenta años, el anarquismo se vio reducido en casi todo el mundo a una mínima expresión, salvo notables excepciones donde el anarquismo aún conservó un cierto peso hasta entrada la década del ’70 (Uruguay es el caso más notable en Sudamérica) o donde hubo, con altos y bajos, una cierta continuidad, como en el caso español. Muchos factores contribuyeron a su declive, y no viene al caso en este artículo entrar a hacer una evaluación de los factores que contribuyeron a éste. Lo cierto, es que durante esa época, la mayoría de las expresiones libertarias, muy minoritarias, se vieron limitadas en su radio de acción a la propaganda. De tal manera, las grandes organizaciones de carácter libertario se fueron reduciendo hasta terminar convertidas en grupos de afinidad o colectivos, que mantenían, de una u otra manera, la llama viva, mediante una publicación o alguna otra forma de difusión.

Es en el último par de décadas que ha habido un nuevo despertar del interés en el anarquismo y cuando, nuevamente, las enseñanzas de Bakunin y las lecciones dejadas por los antiguos sindicalistas revolucionarios han encontrado un nuevo eco en el movimiento popular. El anarquismo, una vez más, se ha re-encontrado con las masas. Los primeros atisbos de este renacer libertario se dieron en las jornadas de Mayo del ’68 en Francia, y durante toda la época de los ’90, tras la caída del Muro de Berlín y el colapso de los llamados “socialismos reales”, la cancha quedaba nuevamente disponible para el movimiento anarquista, que por una parte, se oponía enconadamente al (viejo) “Nuevo Orden” y por otra, entregaba, principalmente a la juventud, nuevas formas de organización, de lucha y de canalizar su rebelión, que se distanciaban radicalmente de los formulismos del marxismo-leninismo clásico. Los nuevos movimientos populares de esa década (particularmente desde la emergencia del movimiento zapatista en 1994) retomaban en su discurso y en sus prácticas muchos elementos que marcaban un claro quiebre con esa izquierda que se desmoronaba con el muro allá en Berlín, mientras que a la vez retomaban ciertos elementos de la tradición libertaria. La práctica del mismo pueblo reivindicaba al viejo Bakunin.

Al ritmo de estas transformaciones sociales y de estas nuevas resistencias, agrupaciones anarquistas florecieron por todo el orbe, a veces a la sombra de alguna publicación, otras veces a la sombra de un movimiento de mayor convocatoria (como el zapatismo) y a veces, con la intención expresa de reconstituir al movimiento anarquista. Sin embargo, los problemas que todos estos grupos enfrentaron fueron notables: la falta de referentes organizativos fue uno de los más graves, ya que los únicos referentes conocidos eran de carácter histórico y solamente podían ser conocidos a través de los libros de historia o a través de los relatos de uno que otro militante de la vieja guardia que sobrevivió a los avatares de la segunda mitad del siglo XX. Que el anarquismo es organización, como decían todos los pasquines, nadie lo discutía, pero ¿Cómo organizarse? ¿Qué aspecto tendría una organización libertaria? ¿Cómo alcanzar acuerdos sin caer en los modelos tradicionales de las agrupaciones de izquierda? Todas estas preguntas nos rondaron a varios de los que tratamos entonces de levantar alternativas libertarias. Las respuestas, a falta de referentes, las fuimos encontrando de manera muy empírica, en parte, tomando elementos de lo que conocíamos, en parte, tomando elementos de algunos de los nuevos movimientos populares, en parte, imaginando cómo habrían alcanzado los acuerdos las viejas organizaciones ácratas y en gran parte, improvisando.

Así fuimos creciendo, atrayendo nueva sangre a la causa libertaria. Pero las limitaciones empezaron a aparecer de manera clara al poco andar. Notábamos que la mayoría de las organizaciones seguían reproduciendo el patrón de los grupos de propaganda. Estos grupos de propaganda tuvieron una importante labor cuando el anarquismo era un movimiento minoritario y a ellos les debemos que las ideas libertarias hayan sobrevivido hasta nuestros días. Pero ante las exigencias del presente y ante un movimiento que ya había crecido bastante como para conformarse aún con las tareas propagandísticas, esta lógica organizativa aparecía como insuficiente.

Muchos compañeros nos hacíamos cada vez más concientes de la necesidad de dar el salto cualitativo desde los grupos de propaganda a organizaciones ya de carácter político-revolucionario. ¿Cómo dar ese salto? La respuesta a esta pregunta, por mucho tiempo, creímos encontrarla en ciertos formalismos: la organización como mera estructura, los números de militantes o la cantidad de áreas en que nuestros militantes estaban insertos. En realidad, nada de esto era lo fundamental, y a lo más, podíamos aspirar a ser grupos de propaganda más o menos grandes, con secretariado nacional o sin él, o con áreas de propaganda más o menos diversificadas… pero seguíamos siendo grupos de propaganda a fin de cuentas. Con la limitación que esto representa para el desarrollo del movimiento.

Había entonces que ir más allá de los formalismos: el salto de los grupos de propaganda a la organización político-revolucionaria, de carácter sólido, requiere unatransformación política de fondo, que permita un crecimiento en términos políticos y que dé paso a la transformación del movimiento libertario en un movimiento de masas.Esta transformación es la traducción de la práctica y el pensamiento libertario, en un programa revolucionario de acción concreto. Y es esta la actual fase en que muchos movimientos libertarios a nivel global se encuentran hoy, tratando de definir un proyecto libertario para el presente y el futuro inmediato.

Nuestra posición en la tradición anarquista y la necesidad del salto político

Para abordar la cuestión del programa revolucionario, la cual expandiremos en este artículo, es necesario partir de preceptos políticos muy básicos, ya que si bien todas las expresiones del movimiento libertario requieren de dar un salto hacia el plano de lo programático, esto es particularmente sensible para la tradición anarco-comunista de la cual hacemos parte. El lugar exacto que ocupamos en la tradición anarquista es algo que en todo momento debemos tener presente. Ser de la tradición anarco-comunista (que se desarrolla a partir de la “Plataforma”) no es algo ni que debiéramos tomar a la ligera, como así tampoco es algo que debiéramos convertir en un mero artículo de fe. Tal opción no es una decisión meramente caprichosa, ni ha sido elegida por un excesivo celo ideológico. Tal opción expresa, sencillamente, la voluntad por construir un cierto tipo de organización, a fin de contar con un cierto tipo de herramienta para transformar nuestra sociedad opresiva y explotadora, en una que sea libre y justa. Con tal propósito en mente, consideramos que el marco revolucionario y la aproximación organizativa entregadas por la “Plataforma” tienen elementos centrales de mucho valor. Sin ser una receta para seguir ciegamente, los elementos fundamentales en ella contenidos, son correctos y útiles, a juzgar por la propia experiencia que construimos internacionalmente y por el estudio de los movimientos revolucionarios que nos han precedido, y de las causas de su fracaso.

El meollo de la Plataforma es cómo construir una organización que aglutine a los anarquistas de ideas afines en función de propuestas y tácticas concretas –es decir, una “organización política” en oposición a lo que es un grupo puramente ideológico. Estando en esta tradición, es perfectamente justo que nos preguntemos cuántas de nuestras organizaciones, dejando de lado cualquier clase de pretensiones, han alcanzado realmente un nivel de desarrollo propio de una organización política. En el presente, la mayoría de estas agrupaciones son sólo grupos de propaganda. La principal diferencia entre una organización política y un grupo de propaganda no es el número de sus militantes, y ni siquiera el nivel de militancia así como de inserción política de sus miembros. La principal diferencia se responde, sencillamente, con la pregunta de qué es lo que podemos ofrecer al pueblo. Mientras los grupos de propaganda no pueden sino ofrecer una visión política e ideológica y en el mejor de los casos algunas consignas, la organización política-revolucionaria puede ofrecer una línea de acción, un programa, una línea táctica, una estrategia, objetivos a corto, mediano y largo plazo.

Desde este punto de vista, debiéramos superar la limitación básica del anarcosindicalismo ortodoxo en relación a la organización anarquista, una limitación que los seguidores de la Plataforma combatieron, pero de la cual hoy frecuentemente somos presa. Esta limitación es la creencia de que el grupo anarquista es una entidad puramente ideológica, ajena a las pequeñas luchas diarias e inmaculada en relación a la lucha por reformas. Las reformas, en su opinión, son tarea de los sindicatos o de los frentes político sociales, o de las organizaciones sociales.

Desde nuestra concepción, rechazamos completamente esta manera de entender el rol de las agrupaciones anarquistas, y es esto lo que nos hace ser ante todo, anarco-comunistas. El defender la necesidad de que aquellos anarquistas que son afines en términos políticos se unan, pero también que se organicen como tales para enfrentar las luchas cotidianas. Que desarrollen sus propuestas sociales, no solamente en vista a la poco probable eventualidad de una revolución quién sabe cuándo, sino que para el presente. Después de todo, las revoluciones no suceden mágicamente, sino que se impulsan. Si no comenzamos a transformar el presente, nunca llegaremos a buen puerto en el futuro. En teoría, todos estaremos de acuerdo con esto, ¿pero qué ocurre en la práctica?

Haciendo el anarquismo relevante para todos

La cuestión, entonces, se nos plantea de frente, sin posibilidad de evitarla: ¿Podemos estar contentos sencillamente con la propaganda? La propaganda, ya lo hemos admitido, ha sido necesaria para construir un movimiento como el que tenemos hoy en día. Pero no puede seguir siendo el foco exclusivo de nuestros esfuerzos hoy en día –no puede determinar la propaganda las necesidades de la organización, sino que debieran ser las necesidades de la organización las que determinen la propaganda. ¿Podemos estar contentos, con toda honestidad, con ir detrás de lucha en lucha agitando nuestros principios? A esta altura, debiéramos plantearnos algo más, debiéramos buscar una línea de acción y pensamiento estratégico, que le de coherencia a nuestra participación (o no participación) en tal o cual lucha. Es hora de asumir responsablemente la importancia que nuestro movimiento ha logrado, y debiéramos comenzar a comportarnos acorde a esta circunstancia.

Simplemente no es suficiente, hoy en día, el hacer declaraciones sobre la sociedad que queremos en los próximos 500 años o tras la revolución. Entre las luchas que libramos hoy y la sociedad ideal del futuro que anhelamos, existe un abismo enorme. Somos utópicos en el peor sentido de la palabra. O reformistas, en la medida en que la lucha por las reformas no se liga (más allá de nuestros deseos) a una estrategia revolucionaria. Entre nuestro utopismo y reformismo, es donde debemos encontrar el camino para la política revolucionaria, que unifique nuestra participación en las luchas por reformas y cambios en el presente, con aquellas grandes aspiraciones que nos inspiran.

Es hora de pensar qué tipo de sociedad, de país, queremos en los próximos, digamos, cinco años. O en cualquier lapso de tiempo concreto. Esta es la gran pregunta que nos debemos hacer de momento, cuya respuesta será de gran beneficio para nuestro movimiento y para hacer a nuestro anarquismo relevante para el pueblo hoy. No en la teoría, sino que en la práctica. El economista libertario Michael Albert, en una charla dictada en Dublín, hacía un comentario certero afirmando que el pueblo en su inmensa mayoría está de acuerdo con nosotros en nuestra crítica a los vicios del capitalismo. Muchos incluso estarán de acuerdo en lo deseable que es la sociedad anarquista cuando ésta es explicada correctamente. Pero mientras no seamos una alternativa práctica, con propuestas muy concretas y factibles para el presente, que demuestren que el proyecto libertario sí es viable, no hay muchas oportunidades de que nuestro movimiento expanda su círculo de influencia.

¿Para qué sirve militar en una organización anarquista?

Entonces, debiéramos preguntarnos qué es lo que nos impiden crecer como organizaciones. A veces, gente cercana a nuestros grupos plantea como razón para no sumarse a la militancia en nuestras orgánicas que no ven el asunto de estar en una organización anarquista si pueden participar en organizaciones sociales y hacer lo mismo -o más- en ellas. Algunos otros dicen que los anarquistas, así como buena parte de la izquierda, se la pasan mordiendo la cola. Es que sin un programa ni una estrategia, es fácil ser llevados a la deriva por los eventos, y que al terminar una lucha, demos vuelta la página y ahí vamos de nuevo, a empezar otro nuevo círculo. Necesitamos dejar de dar vueltas en círculo y comenzar a acumular seriamente, en nuestras luchas, para un proyecto concreto que tenga continuidad en el tiempo.

Frecuentemente nos topamos con compañeros excelentes, cercanos, que militan con nosotros en espacios de lucha u organizaciones populares. ¿Por qué esos compañeros debieran hacerse militantes anarquistas? ¿Por qué participar en un grupo que no les da más perspectivas que la lucha en los espacios en los cuales, de todos modos, ya están participando? ¿Qué gana, en términos políticos, un compañero con unirse a una organización libertaria? La organización anarquista tiene que ser más que una sumatoria de espacios o frentes de lucha si quiere tener algún sentido.

La principal razón de ser de una organización política libertaria, es la capacidad de desarrollar una línea política que dé dirección a la acción colectiva, que le dé una orientación a un conjunto mayor que un determinado sector social (ej. estudiantes, trabajadores, etc.) o que al pueblo en una determinada localidad. La organización es un espacio de convergencia en donde se acumula para un proyecto de sociedad. Ser miembros de una organización anarco-comunista debiera representar una diferencia cualitativa para nuestra actividad política en términos no solamente de presencia organizativa, sino además de dirección política. Esta dirección se constituye en base a una línea de intervención concreta y explícita en los conflictos sociales.

La pura fe en el anarquismo, aunque necesaria, no basta: es necesario desarrollar un proyecto político concreto. No se puede, ante cada lucha particular, volver a debatir de cero, volver a inventar la rueda; es necesario tener políticas claras, fruto de un acumulado de experiencias, con una línea de acción igualmente clara, que faciliten la evaluación y la intervención en los procesos sociales a medida que se desenvuelven, teniendo la capacidad de salirle al paso a la historia.

Esta línea de acción clara es de la mayor importancia, ya que el problema real no es si hemos triunfado o fracasado ante una determinada lucha específica, sino qué haremos a continuación de la lucha, ganemos o perdamos. El problema es cómo tal o cual lucha puede ser útil en el proceso de acumulación de experiencias, confianza y empoderamiento que pueda ser utilizado en luchas venideras y en la elaboración de un proyecto social.

La capacidad de tener esta línea de acción y un programa nacido de esta experiencia acumulada, que hermane nuestras propuestas para enfrentar al presente con nuestros objetivos de largo aliento, es lo que hace la diferencia en una organización político-revolucionaria. Nadie tiene por qué unirse a una organización anarquista para hacer sindicalismo, por ejemplo. Para ello basta unirse a un sindicato. De igual manera, las ideas sobre el futuro pueden ser muy interesantes, pero son insuficientes para la mayoría de las personas como un argumento para unirse a una iniciativa política. Es necesaria una visión práctica de la posibilidad de cambio del conjunto de la sociedad a mediano plazo. Si soy una esposa maltratada, si soy un inmigrante, si soy un trabajador más o estoy desempleado, si detesto mi trabajo y todos los trabajos que podría conseguir, ¿qué diferencia hace en mi vida el ser anarquista? Esta es la pregunta que debiéramos hacernos para entender a nuestro anarquismo como una fuerza viva en la sociedad y como proyecto de cambio, es decir, como programa revolucionario.

¿Por qué un Programa Revolucionario?

Hemos hablado ya bastante de la necesidad de una visión estratégica, de aterrizar nuestro anarquismo, del programa revolucionario… pero, ¿qué queremos decir exactamente con todo esto? Debemos especificar bien qué queremos decir para no confundir lo que entendemos por programa revolucionario nosotros, anarco-comunistas, con lo que entienden corrientes dogmáticas que creen que no se trata más que de letra muerta escrita hace cinco décadas y no modificada en lo absoluto (como si el mundo no hubiera girado desde entonces), o para no confundirlo con una panacea que mágicamente superará todas las falencias de nuestro accionar político.

Un programa revolucionario es, en breves palabras, un conjunto de propuestas muy precisas y concretas para avanzar hacia transformaciones sociales de fondo. No es la teoría revolucionaria, sino que es la aplicación de esa teoría para comprender y transformar la sociedad concreta. Parte de un análisis de la sociedad actual, estudia las condiciones actuales del terreno para la lucha de clases, identifica los problemas más urgentes y las condiciones para desarrollar un movimiento; estudia potenciales aliados y enemigos; y propone una serie de transformaciones, así como una vía para alcanzarlas mediante la lucha. En todos estos momentos de la elaboración del programa, la teoría sirve de guía. La teoría no entendida como dogma, sino como una herramienta para comprender mejor el mundo.

Este programa nos orienta en la acción y nos entrega propuestas claras con las cuales podemos convertir el anarquismo de una “linda idea que es impracticable” en una alternativa clara al presente de opresión y explotación. Los programas revolucionarios no deben ser tomados como las tablas de Moisés, sino que deben ser re-evaluados, actualizados o modificados constantemente. El programa debe conservar, en todo momento, su relevancia, actualidad y ante todo, debe tener un cable a tierra mediante una práctica colectiva y definida.

Ciertamente, esta aproximación programática requiere pasar de las consignas a las propuestas; y requiere pasar de la crítica de la realidad, al estudio crítico de la realidad. Si el anarquismo quiere alcanzar la mayoría de edad como movimiento político, no podemos contentarnos con fórmulas fáciles ni con la ausencia de propuestas que reina en nuestros círculos. En un esclarecedor artículo, el pensador libertario Camillo Berneri, señalaba en este sentido lo siguiente:

“El enemigo está ahí: es el Estado. Pero el Estado no es sólo un organismo político, instrumento de conservación de las desigualdades sociales; es también un organismo administrativo. Como estructura administrativa, el Estado no se puede abolir. Es decir, se puede desmontar y remontar, pero no negarlo, porque esto paralizaría el ritmo de la vida de la nación, que late en las arterias ferroviarias, en las venas telefónicas, etcétera.

¡Federalismo! Es una palabra. Es una fórmula sin contenido positivo. ¿Qué nos ofrecen los maestros? La premisa del federalismo: la concepción antiestatal, concepción política y no fundamentación técnica, miedo a la centralización y no proyectos de descentralización

He aquí, por el contrario, un tema de estudio: el Estado en su funcionamiento administrativo. He aquí un tema de propaganda: la crítica sistemática del Estado como órgano administrativo centralizado y por lo tanto incompetente e irresponsable. Cada día la crónica de sucesos nos ofrece materia para esa crítica: millones desperdiciados en malas especulaciones, en lentitudes burocráticas; polvorines que saltan por los aires por incuria de los gabinetes “competentes”; latrocinios a pequeña y gran escala, etcétera. Una campaña sistemática de este tipo podría atraer sobre nosotros la atención de muchos que no se conmoverían en absoluto leyendo Dios y el Estado.

¿Dónde encontrar a los hombres que puedan alimentar regularmente esta campaña? Los hombres están. Es necesario que den señales de vida. ¡Se necesita una movilización! Profesionales, empleados, profesores, estudiantes, obreros, todos viven en contacto con el Estado o al menos con las grandes empresas. Casi todos pueden observar los daños de la mala administración: los derroches de los incompetentes, los robos de los bribones, los impedimentos de los organismos mastodónticos.

(…)¡Hay que regresar al federalismo! No para tumbarse en el diván de la palabra de los maestros, sino para crear el federalismo renovado y robustecido por el esfuerzo de todos los buenos, de todos los capacitados.”

(Pagine Libertarie, Milán, 20 de noviembre de 1922)

En sus palabras está clara la necesidad de superar el anarquismo proclamatorio y auto-complaciente y empezar a pensar con toda seriedad los problemas sociales en toda su complejidad, sin simplismo ni apriorismo teórico. Esta necesidad, transversal a todas las expresiones del movimiento libertario, explica el por qué es necesario dar el salto hacia el establecimiento de programas revolucionarios. Pero no solamente el pensamiento programático sirve como una manera de enfrentar con propuestas constructivas los problemas sociales y para ampliar el círculo anarquista, sino que además nos permite terminar con dos lastres del movimiento libertario: primero, con la política satelital en torno al resto de la izquierda que nos convierte en meros contradictores o seguidores de otras alternativas, sin una apuesta propia y sin ser, por consiguiente, alternativa en derecho propio. Por otra parte, también nos ayuda a superar las desviaciones sectarias, ya que muchas veces el sectarismo y la incapacidad de asumir correctamente una política de alianzas se debe a la falta de claridad de los mismos libertarios en torno a sus propios objetivos inmediatos. El desarrollo de programas concretos, en definidas cuentas, fortalece nuestra política y por tanto, fortalece nuestra presencia en las luchas populares, dando ímpetu propio a nuestra bandera.

¿Por dónde entrarle a la discusión del programa?

Nos volvemos, entonces, a repetir la pregunta: ¿Qué gano con unirme a una organización libertaria? No debiéramos responder a esta pregunta de manera asistencialista. No hay obras de caridad que podamos o queramos hacer. Ciertamente, unirte a un grupo libertario no te dará un ascenso ni tendrás jamás la más remota posibilidad de convertirte en político profesional. La respuesta debiera desprenderse de cuánto es lo que podemos cambiar y movilizar a la sociedad en su conjunto. Mientras la derecha y el centro político se apoyan para atraer base de apoyo en beneficios inmediatos pero inconsistentes (la práctica del clientelismo), nuestra posición es que, para tener mejoras, es necesario luchar. Por lo cual los beneficios inmediatos son difíciles (aparte de la satisfacción propia del apoyo mutuo entre camaradas, la solidaridad y el sentimiento de empoderamiento que traen consigo), pero aquellas mejoras que alcancemos, serán definitivamente de carácter más consistente.

Por consiguiente, somos organizaciones de lucha. Pero si somos organizaciones de lucha,la estrategia y la táctica deben aplicarse. Debemos conocer bien nuestros objetivos de largo aliento, y cómo avanzar posiciones a fin de debilitar a nuestro enemigo de clase, fortaleciendo así nuestra base de apoyo (en la clase trabajadora) y dando los pasos tácticos concretos que nos acerquen a una posición de quiebre con el –actual- viejo orden de cosas.

Para comenzar una batalla, es necesario saber, exactamente y con precisión, la naturaleza y características del campo de batalla. Debemos desarrollar análisis político, económico y social tanto a un nivel nacional como internacional. Describir e identificar las principales tendencias en el desarrollo global del capitalismo. Este análisis debiera ser actualizado regularmente.

Una vez conocido el terreno que se pisa, la siguiente tarea es identificar los aliados en potencia; no tanto a un nivel teórico (algo que ya se debiera haber definido) sino que en términos muy concretos. ¿Cómo se estructura la clase trabajadora hoy en día? ¿Qué clase de contradicciones internas presenta? ¿Dónde está el potencial para la lucha? ¿Qué conflictos se nos presentan? ¿Quiénes son los otros actores en lucha?

Una vez que sabemos con quién podemos contar, debemos saber cómo atraerlos. Debemos comenzar, por tanto, a discutir los asuntos más urgentes del momento: salud, vivienda, educación, recursos naturales, relaciones laborales, etc… No en abstracto, sino que concretamente. En nuestro país hoy, o en el futuro inmediato. Estas necesidades más urgentes requieren de una visión de conjunto, a fin de dar respuestas coherentes a problemas particulares, frente a los que tengamos algo más que ofrecer que consignas. Tenemos que discutir sobre el transporte, la distribución, las estructuras democráticas de base, el intercambio, etc. De esta manera, debemos traducir el anarquismo de la “ideología” a un sistema de propuestas sociales, de alternativas por las cuales luchar.

Con esta aproximación, nos alejamos de aquella visión milenarista de la revolución, como si ésta fuera una especie de momento apocalíptico en el que podremos, entonces y solamente entonces, establecer mágicamente nuestro programa constructivo. La historia nos enseña que las revoluciones son resultado de un proceso prolongado en el tiempo; no suceden de la noche a la mañana, sino que la ruptura crítica de las clases en conflicto puede ocurrir tras un período relativamente largo de concesiones, conquistas, tensiones y disputas en torno a demandas sociales sentidas. Algo que pudiera parecer una reforma irrelevante hoy, puede convertirse en la chispa que encienda el fuego revolucionario. El deber de los revolucionarios es impulsar nuestro programa en la resistencia y en la construcción, desde el presente, y no esperar a aquel lejano día de la revolución, en un distante amanecer. Al obrar de esta manera, estamos en la realidad, sentando las bases prácticas de la sociedad en la cual queremos vivir.

José Antonio Gutiérrez Danton
Octubre-Noviembre 2006.

“Huerta Grande” la importancia de la teoria - FAU 1972 


Para entender lo que pasa (la coyuntura) hay que poder pensar correctamente. Pensar correctamente significa ordenar y tratar adecuadamente los datos que se producen, en montón, sobre la realidad.

Pensar correctamente es condición indispensable para analizar correctamente lo que sucede en un país en un momento dado de la historia de ese país o de cualquier otro. Eso exige instrumentos. Esos instrumentos son los conceptos. Para pensar con coherencia se requiere un conjunto de conceptos coherentemente articulados entre sí. Se exige un sistema de conceptos, una teoría.

Sin teoría se corre el riesgo de pensar cada problema sólo en particular, aisladamente, a partir de puntos de vista que pueden ser diferentes en cada caso. O en base a subjetividad, pálpitos, embalajes, etc.

El partido ha podido evitar graves errores porque se ha pensado a partir de conceptos que tienen un grado importante de coherencia. Ha cometido también errores graves por insuficiente desarrollo de su pensamiento teórico como organización.

Para proponer un programa hay que conocer la realidad económica, política, ideológica de nuestro país. Lo mismo para formular una línea política suficientemente clara y concreta. Si se conoce poco y mal no habrá programa y sólo podrá haber una línea muy general, muy difícil de concretar en cada lugar en que el partido trabaje. Si no hay línea clara y concreta no hay práctica política eficaz. La voluntad política del partido corre entonces el riesgo de diluirse. El “voluntarismo” se convierte en hacer con buena voluntad lo que va saliendo. Pero no se incide de modo determinado sobre los acontecimientos, en base a su previsión aproximada. Se es determinado por ellos y ante ellos se actúa espontáneamente.

Sin línea para el trabajo teórico una organización, por grande que sea, es zarandeada por circunstancias que ella no condiciona ni comprende. La línea política presupone un programa, o sea las metas que se quieren alcanzar en cada etapa. El programa indica qué fuerzas son favorables, cuáles son los enemigos y quiénes son los aliados sólo transitoriamente. Pero para saber eso hay que conocer profundamente la realidad del país. Por eso adquirir ahora ese conocimiento es la tarea prioritaria. Y para conocer se necesita teoría.

El partido necesita un esquema claro para poder pensar coherentemente el país y la región y las luchas del movimiento obrero internacional a través de la historia. Precisamos tener un casillero eficaz para ordenar y jerarquizar la masa creciente de datos referentes a nuestra realidad económica, política e ideológica. Precisamos tener un método para tratar esos datos. Para ver cuáles son los más importantes, cuáles se precisan primero y cuáles después. Para poder así administrar correctamente nuestras fuerzas disponibles para este frente de trabajo. Un esquema conceptual que permita vincular unas cosas con otras según un orden sistemático, coherente y que nos sirva para lo que queremos hacer como militancia del partido. Que nos acerque ejemplos de como trabajar con esos esquemas conceptuales otros que actúan en otras realidades.

Pero el trabajo de conocer nuestro país lo tenemos que hacer nosotros porque nadie lo va a hacer por nosotros.

Aquí no vamos a inventar esquemas teóricos a partir de cero. No vamos a crear una nueva teoría en todos sus términos. Ello es así porque el atraso general del medio y de sus instituciones especializadas y nuestra escasa disponibilidad para emprender esa tarea.

Entonces tenemos que tomar la teoría tal como se va elaborando, analizándola críticamente. No podemos aceptar cualquier teoría a ojos cerrados, sin crítica, como si fuera un dogma.

Queremos realizar una transformación total en nuestro país y no vamos a adoptar para pensar las teoría que han creado los burgueses. Con concepciones burguesas vamos a pensar como quieren que pensemos los burgueses.

Queremos estudiar y pensar el Uruguay y la región como revolucionarios. Entonces entre los elementos que incluyen las diferentes tendencias de la corriente socialista, vamos a tomar siempre elementos de los que mejor nos sirvan para eso: para pensar y analizar revolucionariamente al país, la región u otras regiones y experiencias.

No vamos a adoptar una teoría para ponernos un cartelito de moda. Para vivir repitiendo “citas” que otros dijeron en otros lados, en otro tiempo, a propósito de otras situaciones y problemas. La teoría no es para eso. Para eso la usan los charlatanes.

La teoría es un instrumento, una herramienta, sirve para hacer un trabajo. Sirve para producir el conocimiento que necesitamos producir. Lo primero que nos interesa conocer es nuestro país. Si no nos sirve para producir nuevos conocimientos útiles a la práctica política la teoría no sirve para nada, se convierte en mero tema de charla inconducente, de estéril polémica ideologizante.

El que compra un gran torno moderno y en lugar de tornear se pasa hablando del torno, hace un mal papel, es un charlatán. Lo mismo el que pudiendo tener un torno y usarlo prefiere “tornear” a mano, porque así se hacía antes…

Algunas diferencias entre teoría e ideología

Cabe puntualizar algunas diferencias entre lo que habitualmente se llama teoría e ideología.

La teoría apunta a la elaboración de instrumentos conceptuales para pensar rigurosamente y conocer profundamente la realidad concreta. Es en este sentido que puede hablarse de teoría como equivalente a ciencia.

La ideología, en cambio, consta de elementos de naturaleza no científica, que contribuyen a dinamizar la acción motivándola en base a circunstancias que (aunque tienen que ver con las condiciones objetivas) no derivan en sentido estricto de ellas. La ideología está condicionada por las condiciones objetivas aunque no determinada mecánicamente por ellas.

El análisis profundo y riguroso de una situación concreta, en sus términos reales, rigurosos, objetivos, será así un análisis teórico de carácter lo más científico que sea posible. La expresión de motivaciones, la propuesta de objetivos, de aspiraciones, de metas ideales, eso pertenece al campo de la ideología.

La teoría precisa, circunstancia, las condicionantes de la acción política, la ideología la motiva, la impulsa, configurándola en sus metas “ideales” y su estilo.

Entre teoría e ideología existe una vinculación estrecha, ya que las propuestas de la segunda se funden y apoyan en las conclusiones del análisis teórico. Una ideología será tanto más eficaz como motor de la acción política cuando más firmemente se apoye en las adquisiciones de la teoría.

Los alcances del trabajo teórico

El trabajo teórico es siempre un trabajo que se sustenta y se basa en los procesos reales, en lo que sucede en la realidad histórica, en lo que pasa. Sin embargo, como trabajo se sitúa enteramente en el campo del pensamiento: no hay conceptos que sean más reales que otros conceptos.

Al respecto cabe puntualizar dos proposiciones básicas:

1) La distinción entre la realidad existente, concreta, entre los procesos reales, históricos, y por otra parte los procesos del pensamiento, apuntados al conocimiento y comprensión de aquella realidad. Es necesario, para decirlo en otros términos, afirmar la diferencia entre el ser y el pensamiento, entre la realidad tal como es y el conocimiento que sobre ella se puede tener.

2) La primacía del ser sobre el pensamiento, de la realidad sobre el conocimiento. Dicho de otra manera, importa más, pesa más como determinante del curso de los acontecimientos lo que pasa en la realidad que lo que sobre esos hechos se pueda pensar o conocer.

A partir de estas afirmaciones básicas cabe realizar ciertas puntualizaciones para precisar los alcances del trabajo teórico, o sea el esfuerzo de conocimiento guiado por propósitos de conocimiento riguroso, científico.

El trabajo teórico es siempre realizado a partir de una materia prima determinada. No parte de lo real concreto, de la realidad propiamente dicha, sino que parte de informaciones, de datos y nociones sobre esa realidad. Este material primario es tratado, en el proceso de trabajo teórico, por medio de ciertos útiles conceptuales, de ciertos instrumentos de pensamiento. El producto de este tratamiento es el conocimiento.

Dicho en otros términos. Sólo existen, propiamente hablando, objetos reales, concretos y singulares (situaciones históricas determinadas, en sociedades determinadas, en momentos determinados). El proceso de pensamiento teórico tiene por fin conocerlos.

A veces el trabajo de conocimiento apunta hacia objetos abstractos que no existen en la realidad, que sólo existen en el pensamiento pero que son instrumentos indispensables, condición previa para poder conocer los objetos reales (por ejemplo el concepto de clase social, etc.), En el proceso de producción del conocimiento por lo tanto, se trasforma la materia prima(percepción superficial de la realidad) en un producto (conocimiento riguroso, científico de ella).

El término “conocimiento científico” cabe precisarlo en lo que tiene que ver con la realidad social. Aplicado a esta realidad alude a su comprensión en términos rigurosos, lo más aproximado posible a la realidad tal como ella es.

Queda dicho con esto que el proceso de conocimiento de la realidad social, como el de toda realidad objeto de estudio, es susceptible de una profundización teórica infinita. Así como la física, la química y otras ciencias pueden profundizar infinitamente en el conocimiento de las realidades que constituyen sus respectivos objetos de estudio, la ciencia social puede profundizar indefinidamente el conocimiento de la realidad social. De ahí que sea inadecuado esperar un conocimiento “acabado” de la realidad social para comenzar a actuar sobre ella tratando de transformarla. No menos inadecuado es intentar transformarla sin conocerla a fondo.

El conocimiento riguroso, científico, de la realidad local, de nuestra formación social, sólo se logra trabajando sobre informaciones, datos estadísticas, etc. por medio de los instrumentos conceptuales más abstractos que proporciona y constituyen la teoría. A través de la práctica teórica se busca la producción de esos instrumentos conceptuales, cada vez más precisos y más concretos, que conduzcan al conocimiento de la realidad específica de nuestro medio.

Solamente a partir de una comprensión teórica adecuada, o sea profunda, científica, pueden desarrollarse elementos ideológicos (aspiraciones, valores, ideales, etc.) que constituyen medios adecuados para la transformación de dicha realidad social con coherencia de principios y eficacia en la práctica política.

La práctica política y el conocimiento de la realidad

Una práctica política eficaz exige, por lo tanto, el conocimiento de la realidad (teoría) la postulación armónica con ella de valores objetivos de transformación (ideología) y medios políticos concretos para lograrla (práctica política). Los tres elementos se funden en una unidad dialéctica que constituye un esfuerzo por la transformación social que el partido postula.

Se pregunta: ¿Debemos esperar a un acabado desarrollo teórico para comenzar a actuar? No. El desarrollo teórico no es un problema académico, no parte de cero. Se fundamenta, se motiva y se desarrolla a partir de la existencia de valores ideológicos, de una práctica política. Más o menos ciertos, más o menos erróneos, estos elementos existen históricamente antes que la teoría y motivaron su desarrollo.

La lucha de clases existió mucho antes de su conceptualización teórica. La lucha de los explotados no esperó a la elaboración del trabajo teórico que diera razón de ella para desencadenarse. Su ser, su existencia, fue anterior a su conocimiento, al análisis teórico de su existencia.

Por eso, a partir de esta comprobación básica es que surge como fundamental y prioritario el actuar, la práctica política. Solamente a partir de ella, en su existencia concreta, en las condiciones comprobadas de su desarrollo puede llegar a elaborarse un pensamiento teórico útil. Que no sea gratuita acumulación de postulaciones abstractas con más o menos coherencia y lógica interna, pero sin coherencia con el desarrollo de los procesos reales. Para teorizar con eficacia es imprescindible actuar.

¿Podemos prescindir de la teoría en aras de urgencias prácticas? No. Puede existir, lo dijimos, una práctica política fundada sólo en criterios ideológicos, o sea no fundada, o insuficientemente fundada en adecuados análisis teóricos. Ello es lo habitual en nuestro medio.

Nadie podrá sostener que existe, en la realidad nuestra y aún regional americana, un análisis teórico adecuado, una comprensión conceptual suficiente, ni mucho menos. Esta comprobación es extensible, por otra parte, al conjunto de la realidad. La teoría se halla en una etapa sólo inicial de desarrollo. Sin embargo desde hace muchos decenios se combate, se lucha. Esta comprobación no debe conducir al desdén de la importancia fundamental del trabajo teórico…

A la pregunta formulada antes cabe responder entonces: lo prioritario es la práctica, pero la condición de eficacia de ésta radica en el conocimiento lo más riguroso posible de la realidad.

En una realidad como la nuestra, la formación social de nuestro país, el desarrollo teórico tiene que partir, como en todas partes, de un conjunto de conceptos teóricos eficaces, operando sobre una masa lo más amplia posible de datos, que constituya la materia prima de la práctica teórica.

Los datos por sí solos, tomados aisladamente, sin un tratamiento conceptual adecuado, no dan razón de la realidad. Simplemente adornan y disimulan las ideologías a cuyo servicio se funcionalizan aquellos datos.

Los conceptos abstractos, en sí mismos, sin encajar en una base informativa adecuada, no aportan tampoco conocimiento de las realidades.

El trabajo en el campo teórico que se desarrolla en nuestro país fluctúa habitualmente entre ambos extremos erróneos.

Accion Directa - Voltairine de Cleyre

                           

Desde la perspectiva de alguien que piense por sí mismo y sea capaz de discernir una ruta sin desvíos a seguir para el progreso de la humanidad, para que haya cualquier tipo de progreso, quien, teniendo una ruta tal trazada en la mente, haya buscado cómo enseñársela a los demás, hacerles verla como la ve él mismo; quien haciendo eso al mismo tiempo ha elegido lo que le parecieran expresiones simples y claras para transmitir sus ideas a los otros, para esa persona aparece como gran fuente de tristeza y confusión del espíritu el que la expresión “Acción Directa” de pronto haya adquirido en las mentes del público un significado estrecho, en absoluto implicado en las palabras mismas, y ciertamente nunca adscrito por él mismo, ni por sus camaradas de ideas.

Sin embargo, esta es una de las bromas más comunes que el Progreso le hace a aquellos que piensan por sí mismos para ponerles límite y medida. Una y otra vez, nombres, frases, consignas y eslóganes, han sido puestos al revés, patas para arriba y patas para abajo, por ocurrencias fuera del control de aquellos que usaban las expresiones en su sentido original; y todavía, aquellos que tercamente se han mantenido en sus posiciones, y han insistido en ser oídos, al final han encontrado que el período de la incomprensión y el prejuicio no ha sido sino el preludio para una más amplia investigación y comprensión.

Me parece que este es el caso con la presente confusión en torno al término “Acción Directa”, el cual a través del malentendido o la deliberada deformación de ciertos periodistas de Los Ángeles en el momento en que los McNamaras se declararon culpables, de pronto adquirió en la mente del público el sentido de “Ataques por la Fuerza contra la Vida y la Propiedad”. Esto era o muy ignorante o muy deshonesto por parte de los periodistas; pero ha tenido el efecto de despertar la curiosidad de mucha gente por conocer todo lo que tiene que ver con la acción directa.

De hecho, aquellos que con tanto fervor y desatino la condenan, encontrarán viéndolo más de cerca que ellos mismos en muchas ocasiones han practicado la acción directa, y continuarán haciéndolo.

Cada persona que alguna vez haya pensado que tenía el derecho de expresarse, y valientemente hubiese procedido a hacerlo, solitariamente o junto con otros que compartiesen sus convicciones, ha sido practicante de la Acción Directa. Hace unos treinta y tantos años, recuerdo que el Ejército de Salvación practicaba vigorosamente la acción directa para mantener la libertad de sus miembros de expresarse, reunirse y rezar. Una y otra vez fueron arrestados, multados y puestos en prisión; pero continuaron cantando, orando y marchando hasta que finalmente obligaron a sus perseguidores a dejarlos en paz. Los Trabajadores Industriales llevan hoy la misma lucha, y en una serie de casos, han obligado a los funcionarios a dejarlos en paz por medio de esas mismas tácticas directas.

Cada persona que alguna vez haya planeado hacer alguna cosa, y fue y la hizo, o que haya presentado un plan a los demás y ganado su cooperación para hacerla con ellos, sin tener que dirigirse a autoridades exteriores a pedirles que por favor la hicieran por ellos, ha sido practicante de la acción directa. Todos los experimentos cooperativos son esencialmente, acción directa.

Toda persona que alguna vez en su vida haya tenido que resolver una diferencia con otra persona, y se haya dirigido directamente a la otra u otras personas involucradas para resolverla, ya sea de manera pacífica u otra, era un practicante de la acción directa. Ejemplos de acciones de ese tipo lo son las huelgas y los boicots; muchas personas se recordarán la acción de las amas de casa de Nueva York que boicotearon a los carniceros, y lograron que se bajase el precio de la carne; en el presente parece divisarse un boicot de la mantequilla, como respuesta directa a los que ponen los precios de ese producto.

Estas acciones por lo general no se deben a que alguien se ponga a pensar demasiado acerca de los méritos de lo directo o de lo indirecto de la acción, sino que son recursos espontáneos de aquellos que se sienten oprimidos por una situación. En otras palabras, todo el mundo es, la mayor parte de las veces, creyente en el principio de la acción directa, y lo practica. Sin embargo, la mayoría de la gente también practica la acción indirecta o política . Y son ambas cosas al mismo tiempo, sin hacer un análisis profundo de la una o de la otra. Sólo hay un número limitado de gente que evita la acción política en todas las circunstancias; pero no hay nadie, nadie en absoluto, que haya sido tan “imposible” como para evitar todo tipo de acción directa.

La mayoría de la gente pensante son en realidad oportunistas, ora inclinándose tal vez más hacia la acción directa, ora a lo indirecto como cosa general, pero en realidad usan ambos medios cuando la oportunidad así lo amerita. Eso quiere decir que están aquellos que sostienen que el llevar al poder a los gobernantes a través de los votos es una cosa esencialmente estúpida y errónea, pero que sin embargo bajo la presión de circunstancias especiales estarían dispuestos a considerar que lo más sabio es el votar por tal o cual individuo para determinado puesto en esa ocasión particular. O también están aquellos que creen que en general, la forma más sabia para que la gente consiga lo que quiere es por el método indirecto de votar por alguien que legalice lo que quieren; pero que sin embargo, ocasionalmente y bajo condiciones excepcionales aconsejan una huelga; y una huelga, como ya lo he dicho, es acción directa. O pueden hacer como los agitadores del Partido Socialista (que hoy en día, en su mayoría se proclaman contrarios a la acción directa) hicieron el verano pasado, cuando la policía estaba interrumpiendo sus actos. Fueron a los lugares de los actos como fuerza, preparados para hacer sus discursos sí o sí, y lograron hacer retroceder a la policía. Y mientras eso no era algo lógico de su parte, el oponerse de esa manera a los ejecutores legales de la voluntad de la mayoría, era una perfecta y exitosa muestra de la acción directa.

Aquellos que, por la esencia de sus convicciones, están comprometidos con la Acción Directa sólo son ¿quiénes? Pues, los no-resistentes; precisamente aquellos que ¡no creen para nada en la violencia! Ahora, por favor no cometan el error de inferir de ello que yo digo que acción directa quiere decir no-resistencia; nada de eso. La acción directa puede ser el extremo de la violencia, o puede ser tan pacífica como las aguas mansas del arroyuelo de Shiloa. Lo que quiero decir es que los no-resistentes sólo pueden creer en la acción directa y nunca en la acción política. Porque la base de toda acción política es la coerción; aún cuando el Estado hace cosas buenas, en última instancia depende del garrote, la pistola o la prisión para que su poder las ponga en práctica.

Hoy en día, cada niño en edad escolar en los Estados Unidos ha tenido noticia de la acción directa de ciertos no-resistentes a través de las clases de historia. El caso que inmediatamente todo el mundo recuerda es el de los primeros Cuáqueros que llegaron a Massachussets. Los puritanos habían acusado a los Cuáqueros de “perturbar al mundo con su prédica por la paz”. Ellos (los Cuáqueros) se negaron a pagar los impuestos de la iglesia, se negaron a portar armas, y se negaron a jurar lealtad a cualquier tipo de gobierno (Y al hacerlo se convertían en activistas directos, o lo que podríamos llamar activistas directos negativos). De modo que los puritanos, siendo practicantes de la acción política , aprobaron leyes para excluirlos, deportarlos, multarlos, encarcelarlos, mutilarlos y finalmente, mandarlos a la horca. Y los Cuáqueros volvían una y otra vez (lo que era una acción directa de tipo positivo); y la historia registra que luego del ahorcamiento de cuatro Cuáqueros, y de que el cuerpo de Margaret Brewster hubiese sido arrastrado por un carro por las calles de Boston, “los Puritanos renunciaron a seguir intentando silenciar a los nuevos misioneros”; que “la persistencia de los Cuáqueros y su no-resistencia habían ganado la batalla”.

Otro ejemplo de acción directa en la temprana historia colonial, pero esta vez para nada del tipo pacífico, fue el incidente conocido como la Rebelión de Bacon. Todos nuestros historiadores defienden, por cierto, la acción de los rebeldes en ese incidente, porque éstos tenían razón. Y sin embargo, se trató de un caso de acción directa violenta contra una autoridad legalmente constituida. Para aquellos que hayan olvidado los detalles, déjenme recordarles brevemente que los agricultores de Virginia temían, con razón, una ofensiva general de los indios. Siendo activistas políticos pidieron, o Bacon como su dirigente pidió, que el gobernador les aprobase una comisión para reclutar voluntarios para su propia defensa. El gobernador temía, también con razón, que una compañía así de hombres armados se convirtiese en una amenaza para él. El gobernador rechazó la petición. Como consecuencia, los agricultores recurrieron a la acción directa. Reclutaron voluntarios sin la comisión, y lograron repeler a los indios. Bacon fue declarado traidor por el gobernador, pero dado que la gente lo apoyaba, el gobernador tenía miedo de proceder contra él. Al final, sin embargo, las cosas llegaron al punto tal de que los rebeldes incendiaron Jamestown; y de no haber sido por la muerte de Bacon, mucho más se habría podido lograr. Por supuesto, la reacción fue muy cruenta, tal y como suele suceder cada vez que una rebelión colapsa o es aplastada. Sin embargo, aún durante el breve período de éxito, logró corregir muchos abusos. Estoy seguro que los que abogaban por la acción política a toda costa en aquellos tiempos, después de que la reacción regresó al poder deben de haber dicho: “Vean lo que los males de la acción directa no han traído! Qué desgracia, el progreso de la colonia ha retrocedido veinticinco años”; olvidando que si los colonos no hubiesen recurrido a la acción directa, sus cabelleras habrían sido arrancadas por los indios un año antes, en vez de que un cierto número de ellos hubiesen sido ahorcados por el gobernador un año después.

En el período de agitación y excitación que precedió a la revolución , hubo todo tipo de acciones directas, desde las más pacíficas a las más violentas; y creo que casi todos los que hayan estudiado la historia de los Estados Unidos encuentra en el recuento de esas actividades la parte más interesante de la historia, la parte que más fácilmente se graba en la memoria.

Entre las acciones pacíficas que tuvieron lugar, estaban los acuerdos de no-importación, las ligas para usar telas hiladas en el país y los “comités de correspondencia”. A medida que el crecimiento inevitable de las hostilidades se fue desarrollando, se desarrolló la acción directa violenta; por ejemplo, en la destrucción de los sellos de impuestos, o la acción referente a los barcos de té, ya sea el no permitir el desembarque del té, o su almacenamiento en lugares inundados, o el arrojarlos al agua en el puerto, como en Boston, o el obligar al dueño del barco carguero a incendiar su propia nave, como se hizo en Annapolis. Todas esas son acciones registradas en nuestros libros de texto más comunes, ciertamente no de manera condenatoria, sin siquiera una disculpa, aunque todas ellas sean casos de acción directa contra la autoridad legalmente constituida y los derechos de propiedad. Si llamo la atención sobre ellas y otras de naturaleza similar, es para probar a los repetidores irreflexivos de palabras que la acción directa siempre ha sido usada, y goza de la sanción histórica de la misma gente que hoy en día la reprueba.

Se dice que George Washington había sido el dirigente de la liga de no-importación de los agricultores de Virginia; hoy en día él probablemente habría sido “llamado al orden” por una corte por haber formado una liga así; y en caso de haber persistido en el intento, habría sido multado por desacato.

Cuando el gran conflicto entre el Norte y el Sur iba pasando de rojo a morado, una vez más fue la acción directa la que precedió y precipitó a la acción política. Y hasta podría afirmar que la acción política nunca tiene lugar, y no es ni siquiera contemplada hasta que las mentes adormecidas primero no hayan sido despertadas por actos directos de protesta contra las condiciones existentes.

La historia del movimiento contra la esclavitud y la Guerra Civil es una de las más grandes paradojas, aunque históricamente sea una cadena de paradojas. Políticamente hablando, fueron los Estados esclavistas los que representaban una mayor libertad política, por la autonomía del Estado individual contra la interferencia de los Estados Unidos; políticamente hablando, eran los Estados no-esclavistas los que representaban un gobierno fuerte y centralizado el cual, los secesionistas decían y con razón, estaba destinado a evolucionar progresivamente hacia formas más y más tiránicas. Que fue lo que ocurrió. Desde el fin de la primera Guerra Civil, ha habido un continuo traspasar del poder federal de las fronteras de lo que originariamente eran las atribuciones de los Estados individuales. Los esclavos asalariados, en sus luchas de hoy, son continuamente lanzados al conflicto con ese poder centralizado contra el cual protestaba el esclavista (con la libertad en los labios y la tiranía en el corazón). Éticamente hablando, eran los Estados no-esclavistas los que de modo general representaban una mayor libertad humana, mientras que los secesionistas representaban la esclavitud racista. Esto sólo de un modo general; o sea, que la mayoría de los norteños, no estando acostumbrados a estar rodeados por la presencia real de la esclavitud de los negros a su alrededor, pensaron que probablemente era un error; aunque no mostraban tanto fervor en abolirla. Sólo los Abolicionistas, y esos eran relativamente pocos, fueron los éticos genuinos, para los cuales la esclavitud en sí -no la secesión o la unión- era la cuestión principal. De hecho, era tan fundamental para éstos, que una cantidad considerable de ellos estaban a favor de la disolución de la unión, promoviendo el que el Norte tomase la iniciativa en la cuestión de disolverla para que los pueblos del Norte pudiesen sacudirse la vergüenza de mantener negros en cadenas.

Por supuesto, había todo tipo de gentes con todo tipo de temperamentos entre aquellos que abogaban por la abolición de la esclavitud. Había cuáqueros como Whittier (sin duda, eran los cuáqueros que estaban por la paz a toda costa que habían abogado por la abolición en los tempranos días de la colonia); había activistas políticos moderados, que estaban a favor de comprar la libertad de los esclavos como el método más barato; y había gente extremadamente violenta, que creían en y hacían todo tipo de cosas violentas.

En cuanto a lo que hicieron los políticos, hay una larga lista de “amenazar-con-hacerlo-para-no-hacer-mucho”, un récord de treinta años de compromisos, negociaciones e intentos de dejar las cosas como estaban, y de repartir migajas a ambos bandos cuando nuevas condiciones demandaban hacer algo, o hacer de cuentas que se hacía algo. Pero “las estrellas en sus órbitas lucharon contra Sisera”; el sistema se estaba resquebrajando desde adentro y los partidarios de la acción directa desde el exterior a su vez ensancharon las grietas implacablemente.

Entre las distintas expresiones de rebelión directa estuvo la organización de la “vía ferroviaria clandestina”. La mayoría de la gente que perteneció a ella creía en ambas formas de acción; pero no importa cuanto se adherían teóricamente a la idea del derecho de la mayoría de promulgar y hacer cumplir las leyes, no creían en ella en ese punto. Mi abuelo fue miembro de la “clandestinidad”, ayudó a más de un esclavo fugitivo a escapar hacia Canadá. Él era un hombre muy paciente y obediente de las leyes en la mayoría de los aspectos, aunque a menudo he pensado que él respetaba la ley porque no había tenido mucho contacto con ella; siempre llevando una vida de pionero, por lo general la ley estaba bastante lejos de él, y la acción directa era un imperativo. Sea como fuere, respetuoso de la ley o no, él no tenía el más mínimo respeto por las leyes esclavistas, no importa que hubiesen sido decididas por una mayoría de diez a uno, y violó concientemente cada una de las que se les cruzó en el camino.

Había momentos en que la operación de la “clandestinidad” requería de la violencia, y se hacía uso de ella. Recuerdo el relato de una vieja amiga que me contaba cómo ella y su madre montaban guardia toda la noche tras la puerta, mientras que un esclavo que estaba siendo buscado por las patrullas estaba escondido en el sótano; y aunque eran descendientes y simpatizantes de los cuáqueros, tenían una escopeta encima de la mesa. Afortunadamente, no necesitaron hacer uso de ella esa noche.

Cuando se aprobó la ley de los esclavos fugitivos con la ayuda de los activistas políticos del Norte que querían ofrecer una nueva migaja a los esclavistas, los activistas directos se lanzaron a rescatar fugitivos recapturados. Tuvieron lugar el “rescate de Shardrach” y el “rescate de Jerry”, los participantes en este último rescate estuvieron dirigidos por el famoso Gerry Smith; así como muchos otros intentos exitosos y fallidos de rescate. Todavía los políticos seguían perdiendo el tiempo y tratando de limar asperezas, y los abolicionistas fueron denunciados y detractados por los pacificadores ultraobedientes de la ley, prácticamente de la misma forma en que Wm. D. Haywood y Frank Bohn son ahora denunciados por su propio partido. El otro día leí un comunicado en el Chicago Daily Socialist del secretario local del Partido Socialista de Louisville al secretario nacional, pidiéndole que sustituyesen a Bohn -que había sido anunciado para hablar allí- por otro orador seguro y en su sano juicio. Al explicar el porqué, el Sr. Dobbs menciona una cita de la charla de Bohn:

“Si los McNamaras hubiesen tenido éxito al defender los intereses de las clases trabajadoras, habrían tenido razón, tanta como la habría tenido John Brown de haber tenido éxito en liberar a los esclavos. El único crimen de John Brown fue la ignorancia, así como la ignorancia fue el único crimen de los McNamaras”.

Seguidamente, el Sr. Dobbs comenta lo siguiente:

“Cuestionamos enfáticamente las afirmaciones aquí vertidas. El intento de trazar un paralelo entre la abierta -aunque equivocada- rebelión de John Brown por un lado, y los métodos secretos y asesinos de los McNamaras por el otro, no sólo es un indicador de lo superficial de su razonamiento, sino altamente engañoso en cuanto a las conclusiones lógicas que se pueden derivar de dichas afirmaciones”.

Evidentemente, el Sr. Dobbs es muy ignorante acerca de la vida y obra de John Brown. John Brown era un hombre de violencia; se habría burlado de los intentos de cualquiera por hacer de él otra cosa. Y una vez que una persona se convierte en creyente de la violencia, para él sólo es una cuestión la forma más efectiva de aplicarla, lo que sólo puede ser determinado por un conocimiento de las condiciones y los medios a su disposición. John Brown para nada se amilanaba ante los métodos conspirativos. Aquellos que hayan leído la autobiografía de Frederick Douglas y las “Reminiscences” de Lucy Colman, se recordarán que uno de los planes diseñados por John Brown era el de organizar una cadena de campamentos armados en las montañas de West Virginia, Carolina del Norte y Tennessee, enviar emisarios secretos entre los esclavos incitándoles a huir hacia esos campamentos y allí concertar medidas de acuerdo a lo que permitiesen los tiempos y las condiciones para fomentar la rebelión entre los negros. El que dicho plan haya fallado se debió a la debilidad del deseo de libertad entre los esclavos mismos, más que a ninguna otra cosa.

Más tarde, cuando los políticos en su infinita taimadez produjeron una proposición sobre “cómo-no-hacerlo”, conocida como el Acta de Kansas-Nebraska, que dejó al libre albedrío de los colonos la cuestión de la esclavitud, los activistas directos de ambos bandos enviaron colonos falsos al territorio, los que continuaron la lucha. Los hombres a favor de la esclavitud, que llegaron primero, hicieron una constitución que reconocía la esclavitud y una ley que penaba con la muerte a cualquiera que ayudase a escapar a un esclavo; pero los Free Soilers, que se habían demorado un poquito más en llegar por venir desde Estados más lejanos, hicieron una segunda constitución y se negaron del todo a reconocer las leyes de la otra parte. Y John Brown estuvo allí, mezclado en toda esa violencia, tanto conspirativa como abierta; era un “ladrón de caballos y asesino” a los ojos de los activistas políticos decentes y pacíficos. Y no cabe duda de que robó caballos, sin enviar señal alguna por adelantado de sus intenciones de robarlos, y de que mató hombres que estaban a favor de la esclavitud. Atacó y logró huir bastantes veces antes de su intento final en Harper’s Ferry. Si no usó dinamita, fue porque entonces la dinamita aún no había surgido como un arma práctica. Hizo muchos más ataques premeditados a la vida que los dos hermanos que el Secretario Dobbs condena por sus “métodos asesinos”. Y sin embargo, la historia no ha dejado de comprender a John Brown. La humanidad sabe que a pesar de que él era un hombre violento, con sangre humana en sus manos, que era culpable de alta traición y fue colgado por ello, sin embargo su alma era grande, fuerte, generosa, incapaz de soportar el aterrador crimen de mantener a 4.000.000 de personas como bestias estúpidas, y que pensó que el hacer la guerra contra eso era un deber sagrado, divino (porque John Brown era un hombre muy religioso -un presbiteriano-).

Es a través y por las acciones directas de los precursores del cambio social, ya sean de naturaleza pacífica o bélica, que la Conciencia Humana, la conciencia de las masas, se agita hacia la necesidad del cambio. Sería muy estúpido el decir que nada bueno resulta jamás de la acción política; a veces surgen cosas positivas por ese camino. Pero nunca hasta que la rebelión individual, seguida por la rebelión de masas, lo haya forzado. La acción directa siempre es la que lanza el grito de protesta, la iniciadora, a través de la cual la gran masa de los indiferentes toma conciencia de que la opresión se torna insoportable.

Hoy hay opresión en la tierra -y no sólo en esta tierra, sino en todos aquellos rincones del mundo que disfrutan de los tan engañosos frutos de la Civilización-. E igual que con la cuestión de la esclavitud, también esta forma de esclavitud ha estado engendrando, tanto la acción directa como la acción política. Una cierta fracción de nuestra población (probablemente mucho más pequeña que la que los políticos acostumbran dar en los mítines políticos) está produciendo la riqueza material de la que todo el resto de nosotros vivimos; así como eran 4.000.000 de esclavos que sostenían a la masa de parásitos que tenían encima. Esos son los trabajadores industriales y agrícolas.

A través de la inprofesada e inprofesable operación de instituciones que ningún individuo entre nosotros ha creado, sino que encontró ya existentes al llegar a este mundo, la parte absolutamente más esencial de toda la estructura social, sin cuyos servicios nadie puede ni comer, ni vestirse o protegerse de los elementos, son justamente aquellos que reciben menos comida, vestimenta y alojamiento -para no mencionar su parte de todos los otros beneficios sociales que el resto de nosotros supuestamente debemos recibir, tales como la educación y la gratificación artística-.

Esos trabajadores han, de una u otra forma, juntado mutuamente sus fuerzas para ver qué mejoras de sus condiciones pueden conseguir; primeramente por medio de la acción directa, y luego por la acción política. Hemos tenido al Grange, la Alianza de Granjeros, Asociaciones Cooperativas, Experimentos de Colonización, los Caballeros del Trabajo, Sindicatos y los Trabajadores Industriales del Mundo. Todas esas organizaciones se han formado con el propósito de lograr arrancar de los amos del campo económico un salario un poco mejor, unas condiciones un poco mejores, o una jornada de trabajo un poco más corta; o por otro lado, para resistir una reducción en los salarios, peores condiciones o jornadas laborales más largas. Ninguna de ellas ha intentado alcanzar una solución final para la guerra social. Ninguna de ellas, excepto los Trabajadores Industriales, ha reconocido que existe una guerra social, inevitable mientras las presentes condiciones legales y sociales persistan. Aceptaron las instituciones de la propiedad tales y como las encontraron. Estaban formadas por hombres promedio, con deseos promedio, y se abocaron a hacer cosas que les parecían posibles y muy razonables. No estaban comprometidos con una visión política particular y estaban organizados, pero lo hicieron a través de la acción directa a partir de su propia iniciativa, ya sea como actitud positiva o defensiva.

No cabe duda que entre todas esas organizaciones habían miembros que veían más allá de las reivindicaciones inmediatas; que sí vieron que el continuo desarrollo de las fuerzas que ahora se habían puesto en acción estaba destinado a crear condiciones ante las cuales sería imposible que la vida pudiese continuar sometiéndose, y contra las cuales por lo tanto, ella protestaría, y violentamente; que ella no tendría otra elección; que debe hacerlo o de lo contrario perecer mansamente; y dado que no está en la naturaleza de la vida el rendirse sin dar batalla, ella no morirá mansamente. Hace veintidós años encontré gente de la Alianza de Granjeros que hablaban así, Caballeros del Trabajo que hablaban así, sindicalistas que hablaban así. Querían objetivos más amplios que aquellos perseguidos por sus organizaciones, pero tuvieron que aceptar a sus camaradas miembros como eran, y tratar de motivarlos a trabajar por las cosas tal y como ellos las podían ver. Y lo que ellos podían ver eran mejores precios y mejores salarios, condiciones de trabajo menos peligrosas y tiránicas, jornadas laborales más cortas. Al nivel de desarrollo en el que esos movimientos surgieron, los trabajadores agrícolas no podían ver que su lucha tuviese nada que ver con las luchas de aquellos involucrados en la industria o en el transporte; tampoco éstos últimos podían ver que su lucha tuviese nada en común con la de los obreros agrícolas. Y es que aún hoy muy pocos ven eso. Todavía tienen que aprender que hay una lucha común contra aquellos que se han apropiado de la tierra, el dinero y las máquinas.

Desafortunadamente, la gran organización de los granjeros se malgastó en una carrera estúpida por el poder político. Tuvo bastante éxito en conseguir el poder en varios Estados; pero las cortes declararon inconstitucionales sus leyes, y esa fue la tumba de todas sus conquistas políticas. Su programa original era el de construir sus propios silos, reteniéndolos del mercado hasta poder librarse de los especuladores. Asimismo, la organización de intercambios de mano de obra, emitiendo bonos de crédito sobre los productos depositados para el intercambio. Si se hubiera mantenido fiel a este programa de ayuda mutua directa habría, hasta cierto punto, al menos por un tiempo, podido ser una ilustración de cómo la humanidad se puede liberar del parasitismo de los banqueros e intermediarios. Por supuesto, al final habría sido derrocado, a menos que hubiese revolucionado de gran manera las mentes de los hombres por el ejemplo del derrocamiento del monopolio legal de la tierra y el dinero; pero al menos habría cumplido un gran fin educativo. En la realidad, siguió un espejismo y se desintegró a causa de su mera futilidad.

Los “Caballeros del Trabajo” fueron disminuyendo hasta alcanzar una relativa insignificancia, no por no haber hecho uso de la acción directa, ni tampoco por haberse metido en política, lo que se dio en pequeña escala, sino principalmente porque eran una masa heterogénea de trabajadores que no pudo asociar sus esfuerzos de manera efectiva.

Los sindicatos ganaron en fuerza a medida que se iban retirando los Caballeros del Trabajo, y han continuado incrementando su fuerza lenta pero persistentemente. Es verdad que su crecimiento ha fluctuado; que han habido retrocesos, que grandes organizaciones unitarias se han formado para volver a dispersarse. Pero en su conjunto, los sindicatos han sido una fuerza creciente. Lo han sido porque, siendo tan pobres como son, han sido un medio por el cual un cierto sector de los trabajadores han sido capaces de unir sus fuerzas para enfrentar directamente a sus amos, así lograr al menos una parte de lo que querían -o de lo que las condiciones les dictaban que deberían tratar de lograr-. La huelga es su arma natural, la que ellos mismos se han forjado. Es el golpe directo de la huelga el que nueve de cada diez veces es temido por el patrón. (Por supuesto, hay ocasiones en las que se alegra por una huelga, pero eso no es común). Y la razón por la que le tiene terror a las huelgas, no es tanto porque piense que no la va a poder ganar, sino lisa y llanamente porque no quiere una interrupción de sus negocios. El patrón común no le tiene mucho miedo al “voto con conciencia de clase”; hay gran cantidad de talleres en los que uno puede hablar acerca del Socialismo o de cualquier otro programa político todo el día; pero si uno empieza a hablar de sindicatos es de esperar que lo despidan de inmediato, o al menos que le adviertan que se calle la boca. ¿Por qué? No porque el patrón sea tan inteligente como para saber que la acción política es una ciénaga en la que se empantana el trabajador, o porque considere que el socialismo rápidamente se esté convirtiendo en un movimiento de clase media; nada de eso. Él piensa que el socialismo es una cosa muy mala; ¡pero es una buena salida! Pero sabe que si su fábrica se sindicaliza, va a tener problemas de inmediato. La mano de obra se le pondrá rebelde, va a tener que entrar en gastos para mejorar las condiciones de la fábrica, no va a poder despedir a los trabajadores que no le gusten, y en caso de huelga deberá esperar daños a su maquinaria o sus edificios.

Se dice a menudo, y lo repiten como loros, que esos patrones tienen “conciencia de clase”, que se mantienen unidos por interés de clase, y que están dispuestos a soportar cualquier pérdida personal antes que traicionar esos intereses. No ocurre así en absoluto. La mayoría de la gente de negocios son igual que la mayoría de los trabajadores; se preocupan mucho más de sus pérdidas o beneficios personales que de los de su clase. Y es esta pérdida individual la que ve el patrón cuando es amenazado por un sindicato.

Hoy todo el mundo sabe que una huelga de cualquier tamaño significa violencia. No importa qué preferencia ética hacia la paz se tenga, se sabe que no será pacífica. Si es una huelga de telégrafos, significa cortar los cables y los postes, y meter falsos rompehuelgas [esquiroles, carneros] para que saboteen los instrumentos. Si es una fábrica de chapas de acero, significa caerles a golpes a los rompehuelgas, romper las ventanas, desajustar las válvulas, y destruir las caras prensas junto con toneladas y toneladas de material. Si es una huelga de mineros, significa destruir líneas férreas y puentes, y volar instalaciones. Si es una huelga de los trabajadores de la confección, significa montar un incendio anónimo, lanzar una andanada de piedras a través de una ventana aparentemente inaccesible, o tal vez un trozo de ladrillo sobre la cabeza de dueño mismo. Si es una huelga de tranvías, significa vías destrozadas o barricadas con el contenido de carros de hollín o de deshechos de comida para cerdos, con vagones desechados o cercas robadas, significa vagones incinerados o chocados e interruptores apagados. Si es una huelga de trenes, significa motores “muertos”, motores que anden impredeciblemente, vagones de carga descarrilados y trenes retrasados. Si es una huelga de la construcción, significa estructuras dinamitadas. Y siempre, en todas partes, todo el tiempo, peleas entre los rompehuelgas y esquiroles contra los huelguistas y los simpatizantes de la huelga, entre el Pueblo y la Policía.

De parte de los patrones, significa focos rastreadores, vallas electrificadas, fortificaciones, barracas, detectives y agentes provocadores, raptos violentos y deportaciones, y todos y cada uno de los instrumentos que sean capaces de imaginar para su protección, además del recurso último de la policía, la milicia, la constabularia del Estado y las tropas federales.

Todo el mundo sabe esto; todos sonríen cuando los funcionarios del sindicato le hacen el llamado a sus organizaciones a que sean pacíficas y respeten la ley, porque todo el mundo sabe que están mintiendo. Ellos saben que se hace uso de la violencia, tanto en secreto como abiertamente; y saben que ésta es usada porque los huelguistas no pueden hacer otra cosa, sin renunciar del todo a la lucha. Tampoco se equivocan aquellos que así recurren a la violencia bajo la presión de delincuentes destructivos que hacen lo que hacen por maldad innata. La gente en general comprende que hacen esas cosas por la dura lógica de una situación que ellos no crearon, sino que los obliga a hacer esos ataques en función de vencer en su lucha por vivir o sucumbir en el pozo sin fondo del descenso hacia la pobreza, que hace que la Muerte los encuentre en el hospital de pobres, las calles de la ciudad, o las aguas sucias del río. Esta es la terrible alternativa que los trabajadores enfrentan; y esto es lo que hace que los seres humanos de disposición más amable -hombres que harían todo por ayudar a un perro herido, o llevar a su casa a un gatito extraviado y darle leche, o hacerse a un lado para no aplastar a un gusano- echen mano a la violencia contra sus congéneres. Ellos saben, porque lo hechos se lo han enseñado, que esta es la única manera de ganar, si es que acaso piensan ganar. Y siempre me ha parecido que una de las cosas más extremadamente ridículas y absolutamente irrelevantes que una persona puede decir o hacer, cuando un huelguista que enfrenta una determinada situación se le acerca en busca de consuelo o asistencia, sería el responderle “¡Tome el poder por medio de los votos!” cuando la próxima elección será dentro de seis meses, o uno o dos años.

Desafortunadamente la gente que mejor sabe cómo se usa la violencia en la guerra sindical no puede salir y decir: “En tal fecha, en tal lugar, se hizo tal y cual acción específica, y como resultado se consiguieron tales y cuales concesiones, o tal o cual patrón tuvo que capitular”. Hacerlo pondría en peligro su libertad y su poder para seguir luchando. Por lo tanto, aquellos que más saben deben mantener silencio y sonreír para sus adentros, mientras que aquellos que saben poco dicen cualquier cosa. Son lo hechos y no las palabras, los que deben clarificar sus posiciones.

Y se ha hablado mucho sinsentido durante las últimas semanas. Oradores y escritores, honestamente convencidos de que yo creo que solamente la acción política puede ganar la batalla de los trabajadores, han estado denunciando lo que ellos están complacidos en llamar “acción directa” (lo que en realidad quieren decir es violencia conspirativa) como autora directa de un sinnúmero de daños al movimiento. Un tal Oscar Ameringer, por ejemplo, dijo recientemente en una asamblea en Chicago que la bomba de Haymarket del 86’ había retrasado el movimiento por las ocho horas de trabajo, veinticinco años, argumentando que el movimiento habría tenido éxito de no haber sido por la bomba. Eso es una gran equivocación. Nadie puede medir exactamente en años y horas el efecto de una avanzada o de una reacción. Nadie puede demostrar que el movimiento de las ocho horas habría ganado hace veinticinco años. Sabemos que la jornada de ocho horas había sido incluida en las leyes de Illinois en 1871 por medios políticos, y que desde entonces ha sido letra muerta. Que la acción directa de los trabajadores la podría haber logrado en ese entonces, es algo que no puede ser probado; pero se puede demostrar que factores mucho más poderosos que la bomba de Haymarket operaron en contra. Por otro lado, si la influencia reactiva de la bomba hubiese sido tan poderosa en realidad, deberíamos naturalmente esperar que las condiciones laborales y sindicales fuesen peores en Chicago que en las otras ciudades en las que no sucedieron ese tipo de cosas. Al contrario, con lo malas que son, las condiciones laborales en general son mejores en Chicago que en las demás ciudades grandes, y el poder de los sindicatos está más desarrollado allí que en cualquier otra ciudad de los Estados Unidos excepto San Francisco. De modo que si podemos sacar alguna conclusión acerca de la bomba de Haymarket, hay que tener en mente estos hechos. Personalmente, no creo que su influencia sobre el movimiento sindical como tal haya sido tan importante.

Lo mismo ocurrirá con el furor actual acerca de la violencia. Nada ha cambiado en lo fundamental. Dos hombres han sido enviados a prisión por lo que hicieron (hace veinticuatro años los ahorcaban por lo que no habían hecho); unos pocos más podrían ir a la cárcel. Pero las fuerzas de la vida continuarán rebelándose contra las cadenas económicas, no importa qué personas bien portadas voten o dejen de votar, hasta que las cadenas no se rompan.

¿Y cómo se romperán las cadenas?

Los activistas políticos nos dicen que sólo ocurrirá por medio de la acción electoral del partido de la clase obrera; logrando elegirse para la posesión de las fuentes de la vida y de los medios de trabajo; votando para que aquellos que hoy controlan los bosques, las minas, las haciendas, las vías fluviales, los depósitos y las fábricas y de la misma forma controlan el poder militar que los defiende, entreguen su dominación al pueblo.

¿Y mientras tanto?

Mientras tanto, sed apacibles, industriosos, obedientes de la ley, pacientes y frugales (como Madero le dijo que fueran a los peones rurales, después de haberlos vendido a Wall Street)! Aún cuando algunos de vosotros seáis pobres, no os levantéis contra ello, porque eso podría “hacer retroceder al partido”.

Bueno, ya he dicho que algunas cosas buenas salen a veces por medio de la acción política -y no necesariamente por la acción del partido de la clase obrera-. Pero estoy de sobra convencida de que los beneficios ocasionales logrados están más que balanceados por los males; tanto como estoy convencida de que aunque hayan males ocasionales como resultado de la acción directa, son más que compensados por los beneficios.

Casi todas las leyes que originariamente habían sido enfocadas con la intención de beneficiar a los pobres, o se han vuelto armas en las manos de sus enemigos, o se han vuelto letra muerta a menos que los trabajadores hayan obligado directamente a su observancia. O sea que al fin y al cabo, es la acción directa sobre la que hay que apoyarse de todos modos. Como un ejemplo de coger el lado manco de la ley basta echar un vistazo a la ley contra los trusts, que supuestamente iba a beneficiar al pueblo en general y a la clase obrera en particular. Hace unas dos semanas, cerca de 250 dirigentes sindicales fueron citados responder por cargos de ser formadores de trusts, como respuesta de la Central de Illinois a sus huelgas.

Pero el daño de absolutizar a la fe en la acción indirecta es mucho mayor que cualquiera de esos resultados menores. El mal principal es que destruye la iniciativa, ahoga el espíritu individual de rebelión, le enseña a la gente a depender de que otro haga por ellos lo que ellos deberían hacer por sí mismos; finalmente, convierte en orgánica la anómala idea de que amasando pasividad hasta que se consiga una mayoría, y a través de la magia peculiar de una mayoría así, esta pasividad será transformada en energía. O sea, que la gente que ha perdido el hábito de hacer huelgas por su propia cuenta como individuos, que se han sometido a todas las injusticias al mismo tiempo que esperan ver crecer a la mayoría, ¡van a metamorfosearse en explosivos humanos de alta potencia por un mero proceso de empaquetado!

Estoy muy de acuerdo en que las fuentes de la vida, y toda la riqueza material de la tierra, y las herramientas necesarias para la producción cooperativa deben volverse libremente accesibles a todos. Es una certitud para mí que los sindicatos deben ampliar y profundizar sus propósitos o perecerá, y estoy segura de que la lógica de la situación gradualmente les obligará a entenderlo así. Deben aprender que los problemas de los trabajadores jamás podrán resolverse dándole golpizas a los rompehuelgas, mientras que su propia política de mantener altas cuotas para los miembros y otras restricciones ayuden a que sigan existiendo rompehuelgas. Deben aprender que la vía del crecimiento no pasa tanto por la elevación de los salarios, sino por la disminución de la jornada laboral, la que les posibilitará el aumentar su membresía, aceptar a todos los que estén dispuestos a entrar al sindicato. Deben aprender que si quieren ganar batallas, todos los trabajadores aliados deben actuar juntos, actuar rápidamente (sin prestarle servicio a jefe alguno), y mantener la libertad de seguir haciéndolo en todo momento. Y por último, deben aprender que aún entonces (cuando hayan logrado una completa organización) no pueden ganar nada permanente a menos que hagan huelgas por todo, no por un salario, no por una mejora parcial, sino por toda la riqueza natural del planeta. ¡Y proceder a la directa expropiación de toda ella!

Deben aprender que su poder no reside en su capacidad electoral, que su poder reside en su capacidad de parar la producción. Es un grave error el suponer que los asalariados constituyen la mayoría de los votantes. Los asalariados están hoy aquí y mañana allí, y eso impide a un gran número de votar; un alto porcentaje de ellos en este país son extranjeros sin derecho al voto. La prueba más patente de que los dirigentes socialistas saben que esto es así, es que ellos en cada momento adaptan su propaganda para ganar el apoyo de los negociantes, del pequeño inversionista. Sus artículos de campaña proclamaban que sus entrevistadores habían recibido la seguridad por parte de los compradores de bonos de Wall Street de que estarían igual de dispuestos a comprar bonos de Los Ángeles de un administrador socialista, como lo estarían de uno capitalista; que la actual administración de Milwakee había sido una bendición para el pequeño inversionista; sus panfletos aseguran a los lectores en esta ciudad que no necesitamos ir a las grandes tiendas a comprar, sino que más bien compremos en tal o cual negocio de Milwakee Avenue, que será tan capaz de satisfacer nuestras necesidades como una “gran casa comercial”. En suma, están haciendo hasta el último desesperado esfuerzo para ganar el apoyo y prolongar la vida de esa clase media que la economía socialista dice debe ser demolida hasta sus cimientos, porque saben que no pueden conseguir una mayoría sin ella.

Lo más que un partido de la clase obrera puede llegar a hacer, una vez que se convierte en una organización consolidada, es mostrarle a la clase de los poseedores a través de una cesación de todo trabajo, que toda la estructura social descansa sobre los trabajadores; que todas las posesiones de los otros no valen absolutamente nada sin la actividad de los trabajadores; que tales protestas, como las huelgas, son inherentes al sistema de propiedad y continuamente recurrentes hasta que todo el sistema sea abolido -y habiendo demostrado esto en la práctica, proceder a expropiar-.

“Pero, el poder militar”, dice el activista político; “¡debemos lograr el poder político, o el ejército será usado contra nosotros!”

Contra una Huelga General de verdad, el ejército no puede hacer nada. ¡Claro, si tenéis a un socialista como Briand en el poder, él podría nombrar “funcionarios públicos” a los obreros e intentar hacer que le sirviesen a él en contra de sí mismos! Pero contra el sólido muro de una masa trabajadora inamovible, hasta Briand se quebraría.

Mientras tanto, hasta este despertar mundial, la guerra continuará como hasta hoy, a pesar de toda la histeria que puedan manifestar las gentes bien intencionadas que no entienden la vida y sus necesidades; a pesar de todas las vacilaciones de las tímidas dirigencias; a pesar de todas las venganzas reaccionarias que se ejecuten; a pesar de todo el capital que le sacan los políticos a la situación. Continuará porque la Vida exige vivir, y la Propiedad le niega su libertad de vivir; y la Vida no se someterá.

Y no se debería someter.

Continuará hasta el día en que la Humanidad auto-liberada sea capaz de cantar el “Himno al Hombre” de Swinburne: “Gloria al Hombre en las alturas, porque Él es el Rey del Universo”.

Voltairine de Cleyre

http://www.spa.anarchopedia.org/Acci%C3%B3n_directa_%28texto_de_Voltairine_de_Cleyre%29

EL AMOR ENTRE ANARCOINDIVIDUALISTAS - E. Armand

                 

Antes de exponer el punto de vista individualista-anarquista frente a la cuestión “sexual”, es necesario ponerse de acuerdo sobre la expresión libertad. Se sabe que la libertad no podría ser un fin, ya que no hay libertad absoluta; como tampoco hay verdad general, prácticamente hablando; no existen sino libertades particulares,individuales. No es posible escapar a ciertas contingencias. No se puede ser libre, por ejemplo, de no respirar, de no asimilarse y desasimilarse… La Libertad, como la Verdad, la Pureza, la Bondad, la Igualdad, etc., no es más que una abstracción. Luego, una abstracción no puede ser un objetivo. Considerada, al contrario, desde un punto de vista particular, dejando de ser una abstracción, tornándose una vía, un medio, la libertad se comprende. En este sentido, se reclama la libertad de pensar, es decir, de poder, sin ningún obstáculo exterior, expresar de palabra o por escrito los pensamientos de la forma que se presenten ante el espíritu. Vida intelectual, vida artística, vida económica, vida sexual: los individualistas reclaman para ellas la libertad de manifestarse plenamente, según los individuos, a tenor de la libertad de los individuos, fuera de las concepciones legalistas y de los prejuicios de orden religioso o civil. Reclaman para ellas, consideradas cual inmensos ríos, por donde se vierte la actividad humana, que puedan resbalar sin ningún obstáculo; sin que las esclusas del “moralismo” y del tradicionalismo atormenten o enloden su caudal. Mejor que éstos son las libertades con sus errores impetuosos, con sus nerviosos sobresaltos, con sus impulsivos malos efectos de retroceso. Entre la vida al aire libre y la vida de bodega, elegimos la vida al aire libre.

Los individualistas han rendido un merecido servicio a los que quieren conquistar la libre discusión de las cuestiones sexuales, extendiendo las nociones de libertad sexual y de amor libre, sin que por ello creyeran haber descubierto el amor libre:
desde tiempos inmemoriales, el coito ha sido practicado extramoralmente y extralegalmente; hubo esposas que tuvieron amantes y maridos que tuvieron queridas. Los individualistas no quieren codificar el amor en un sentido o en otro. Tratan la cuestión sexual como un capítulo de historia natural. Después de haber demostrado que el amor era tan analizable como cualquier otra facultad humana, reivindican para cada uno la absoluta facultad de adherirse a la tendencia amorosa que pueda responder mejor a su temperamento, favorecer su desarrollo y corresponder a sus aspiraciones.
Así, pues, los constituyentes de una pareja dada pueden permanecer unidos toda su vida a la costumbre monógama, como una puede practicar la unicidad y la otra la pluralidad. Puede suceder que, después de cierto tiempo, la unidad en amor
aparezca preferible a la pluralidad, y viceversa. La existencia de experiencias amorosas simultáneas puede comprenderse tanto mejor cuanto que de experiencia a experiencia los grados de sensación morales, afectivas o voluptuosas, varían a veces hasta el punto en que puede deducirse que ninguna se parece a las que la precedieron o se siguen paralelamente. Son solamente cuestiones individuales, y nada más. Tal es el punto de vista individualista.
El amor libre comprende –y la libertad sexual implica– una serie de variedades adaptables a los diversos temperamentos amorosos o afectivos: constantes, volátiles, tiernos, apasionados, voluptuosos, etc. Y reviste una multitud de formas, variando desde la monogamia simple a la pluralidad simultánea: parejas pasajeras o duraderas; hogares de más de dos, poligínicos-poliándricos; uniones únicas o plurales, ignorando la cohabitación; afecciones centrales basadas sobre afinidades de orden más bien sentimental o intelectual, en torno de las cuales gravitan amistades, relaciones de un carácter más sensual, más voluptuoso, más caprichoso; no miran los grados de
parentesco y admiten muy bien que un lazo sexual pueda unir también parientes muy cercanos; lo que importa es que cada cual encuentre en ello su parte; y, como la voluptuosidad y la ternura son aspectos de la alegría del vivir, que todos vivan con
plenitud su vida sexual o sentimental, haciendo dichoso a otro en torno suyo. El individualista no desea otra cosa. Hay gente que no acierta a comprender cómo un hombre llegado a edad madura pueda enamorarse de una joven. O, recíprocamente, que una joven pueda enamorarse de un hombre llegado al otoño de su vida. Es un prejuicio. Hay años en los que el otoño es tan bello que hace reflorecer los árboles. Así
es también con ciertos seres humanos, que poseen un temperamento amoroso hasta la penúltima aurora de su existencia, la cual no cede a su primera juventud ni la espontaneidad ni la frescura. Un ser llegado a su otoño puede poseer dones naturales que engendren la seducción; por ejemplo, ser atrayente debido a un pasado aventurero y fuera de lo ordinario. Los que han experimentado y sentido mucho en el dominio de la sensualidad sexual están, indudablemente, más calificados para iniciar a los jóvenes porque, generalmente, proceden con una delicadeza y una suavidad que ignora la fogosidad de la adolescencia. Por otra parte, las necesidades sexuales son más imperiosas en ciertos períodos de la vida individual que en otros: existen estadios de la existencia personal durante los cuales la ternura y el arraigo son de un más alto valor que el de la pura satisfacción sensual. La observación de todos estos matices es la que
constituye el amor libre aplicado, la práctica de la libertad sexual. Como todas las fases de la vida individualista, el amor libre, la libertad sexual, son una experiencia de la que cada uno extrae las conclusiones que mejor convienen a su propia emancipación.

No he llegado a las ideas que expongo sin haber reflexionado larga y profundamente. Ni la pareja ni la familia me parecen aptos, bien convencido estoy, para desarrollar la concepción anarquista de la vida. La familia es un Estado en pequeño hasta cuando los padres son anarquistas; con mucha más ra- zón cuando no lo es más que uno de ellos, y cuando los chicos se ven sometidos a un contrato muy parecido al social, un contrato impuesto. No niego que la cuestión es ardua y delicada en exceso; pero admitidas las mejores condiciones, la convivencia constante en un mismo medio familiar crea en la criatura una disposición de hábito, una adquisición de costumbres, la práctica de una cierta rutina ética cuyos residuos conserva por mucho tiempo y que salen al paso de su formación autónoma. Bien raro es el medio familiar en que al niño no se lo haga
doblegarse a la mentalidad media, o hacer como que se doblega, que es aún peor.
Lo mismo ocurre con la pareja que ignora “los amores laterales”, cuyos constituyentes terminan por compenetrarse en la manera de ver las cosas, de sentir, hasta en las manías de uno y otro. Aquí su individualidad desaparece, su personalidad se  anonada, se quedan sin iniciativa propia.
Yo no niego –nadie ha habido que lo niegue– que la monogamia no convenga a ciertos –pongamos muchos– temperamentos. Mas basándome en el estudio profundo que de
estas cuestiones tengo hecho, me reservo proclamar que la monogamia o la monoandria empobrecen la personalidad sen- timental, estrechan el horizonte analítico y el campo de adquisición de la unidad humana.
Oigo decir que la monogamia es superior a otra forma cualquiera de unión sexual. Diferente, sí; superior, no. La historia nos muestra que los pueblos no monógamos en nada ceden, en cuanto a literatura o ciencia se refiere, a los monógamos. Los
griegos eran disolutos, incestuosos, homosexuales, enaltecían la cortesana. Veamos la obra artística y filosófica que realizaron. Comparemos la producción arquitectónica y científica de los árabes polígamos con la ignorancia y la tosquedad de los cristianos monógamos de la misma época. Además, no es cierto como se presume que la monogamia o la monoandria sean naturales. Son artificiales, por el contrario. En donde quiera que sea, si el arquismo no interviene (el arquismo, es decir, la ley y la policía) ni impone su severidad, hay impulso a la promiscuidad sexual. Representémonos
las bacanales, saturnales, florales de la Antigüedad –fiestas carnavalescas medioevales, kermesses flamencas, clubs eróticos del siglo de los enciclopedistas–, verbenas contemporáneas. Reacciones que pueden o no gustarme, pero reacciones
al fin.
Los sentimientos se hallan sujetos a enfermedades, al igual que todas las facultades o funciones, lesionadas o desgastadas. La indigestión es una enfermedad de la función nutritiva, llevada al exceso. El cansancio es el “surmenage” producido por el ejercicio. La tisis pulmonar es la enfermedad del pulmón lesionado. El sacrificio es la ampliación de la abnegación. El odio es, a menudo, una enfermedad del amor. Los celos, otra.
El nacionalismo, el chauvinismo o la patriotería, la belicosidad, la explotación y la dominación se encuentran en germen en los celos, en el acopio, en el exclusivismo amoroso, en la fidelidad conyugal. La moralidad sexual aprovecha siempre a los partidos retrógrados, al conservadorismo social. Moralismo y autoritarismo están enlazados uno a otro como la hiedra al roble.
En una novela utópica de M. Georges Delbruck, En el país de la armonía, uno de los personajes, una mujer, define los celos en términos lapidarios: “Para el hombre, afirma ella, el don de la mujer implica la posesión de dicha mujer, el derecho de dominarla, de apalear su libertad, la monopolización de su amor, la interdicción de amar a otro; el amor sirve de pretexto al hombre para legitimar su necesidad de dominio; esta falta
de concepción del amor está de tal forma anclada entre los civilizados que no dudan en pagar con su libertad la posibilidad de destruir la libertad de la mujer que pretenden amar”.
Este cuadro es exacto, pero se aplica tanto a la mujer como al hombre. Los celos de la mujer son tan monopolizadores como los del hombre. El amor tal y como lo entienden los celosos es, por consiguiente, una categoría del arquismo. Es una monopolización

de los órganos sexuales, palpables, de la piel y del sentimiento de un humano en provecho de otro, exclusivamente. El estatismo es la monopolización de la vida y de la actividad de los habitantes de toda una comarca en provecho de los que la administran. El patriotismo es la monopolización en provecho de la existencia del Estado, de las fuerzas vivas humanas, de todo un conjunto territorial. El capitalismo es la monopolización a beneficio de un pequeño número de privilegiados, en cuya posesión se encuentran las máquinas y los géneros necesarios a la vida, de todas las energías y facultades productoras del resto de los hombres.
La monopolización estatista, religiosa, patriótica, capitalista, etc., está en germen en los celos, pues es evidente que éstos han precedido las dominaciones política, religiosa, capitalista.
A los celosos convencidos que afirman que los celos son una función del amor, los individualistas recordarán que, en su sentido más elevado, el amor puede también consistir en querer, por encima de todo, la dicha de quien se ama, en querer
hallar alegría en la realización al máximo de la personalidad del objeto amado. Este razonamiento, este pensamiento, en quienes lo alimentan, termina casi siempre por curar los “celos sentimentales”.
En amor, como en todo lo demás, sólo es la abundancia lo que aniquila los celos y la envidia. De la misma forma que la satisfacción intelectual se deriva de la abundancia cultural puesta a la disposición del individuo; del mismo modo que aplacar
el hambre se deduce de la abundancia de alimento puesto a la disposición del individuo…, la eliminación de los celos depende de la “abundancia” sensual y sentimental que pueda reinar en el medio en donde el individuo se desenvuelve.
¿Y de qué forma se aderezará esta abundancia para que nadie sea dejado a un lado, puesto aparte, “sufra”, por así decirlo? He aquí la cuestión que ha de resolverse. En su Teoría Universal de la Asociación, Fourier lo tenía resuelto constituyendo el matrimonio de tal forma “que cada uno de los hombres pueda tener todas las mujeres y cada una de las mujeres todos los hombres”.
Ése es el remedio para los celos, el exclusivismo sentimental o la apropiación sexual, remedio que yo resumiré en esta fórmula tomada a Platón: “Todos a todas, todas a todos”. ¿Podrá este remedio conciliarse con los principios del individualismo
anarquista, convenir a individualistas?
Mi respuesta es que conviene ciertamente a los individualistas prestos, para tomar una expresión de Stirner, perder algo de su libertad para que se afirme su individualidad. ¿Qué persiguen asociándose, en el dominio sentimental sexual, un número dado de individualistas? ¿Será aumentar, mantener o reducir más y más el sufrimiento? Si lo que persiguen es este último fin, si es en la desaparición del sufrimiento donde se afirma su individualidad de asociados, en la esfera que nos ocupa, el amor perderá gradualmente su carácter pasional para llegar a ser una simple manifestación de compañerismo; el monopolio, la arbitrariedad, el reparo a darse desaparecerán cada día más, haciéndose cada vez más raros. Ésa es la camaradería amorosa. ¿Qué se entiende por camaradería amorosa? Una concepción de asociación voluntaria englobando las manifestaciones
amorosas, los gestos pasionales o voluptuosos. Es una comprensión más completa del compañerismo que la sola camaradería intelectual o económica. Nosotros no decimos que la camaradería amorosa es una forma más elevada, más noble,
más pura; decimos simplemente que es una forma más completa de compañerismo. Toda camaradería que comprende tres, dígase lo que se quiera, es más completa que la que sólo comprende dos.
Practicar la camaradería amorosa quiere decir para mí ser un camarada más íntimo, más completo, más próximo. Y por el mero hecho de estar ligado por la práctica de la camaradería amorosa con el que es tu compañero, tu compañera, tú serás más cercano, más alter ego, más querido. Entiendo, además, que esto significa servirme de la atracción sexual como de una palanca de compañerismo más amplia, más acentuada. Tampoco he dicho nunca que esta ética estuviese al alcance de todas las mentalidades.

Se nos dice que es necesario indicar a qué puerto ha de ir a parar el individuo que se lanza al océano de la diversidad de las formas de vida sentimental o sexual; el medio anarquista individualista al que yo pertenezco sustenta otro punto de vista. Pensamos nosotros que es a posteriori y no a priori, según la experiencia, la comparación, el examen personal, que el individualista debe decidirse por una forma de vida sexual antes que por otra. Nuestra iniciativa y criterio existen para que nos sirvamos de ellos sin dejarnos disminuir por la diversidad o pluralidad de las experiencias. La tentativa, el ensayo, la aventura no nos da miedo. Embarcarse lleva consigo riesgos que conviene calcular; hay que mirar bien de frente antes de tomar el barco. Una vez sobre el mar, ya veremos bien por dónde empuja el viento; lo esencial es que fijemos los ojos en
la brújula a fin de quedar con la completa lucidez, aptos siempre a “faire le point”. Calcular dónde estamos. Consideramos la vida como una experiencia, y la experiencia por la experiencia queremos.


E. Armand es el pseudónimo de Ernest Juin (1872-1963), un
teórico del anarquismo individualista y uno de los más entu-
siastas defensores del amor libre. Creador de los periódicos
L’en dehors y L’Unique, Armand escribió varios ensayos, en-
tre los que se cuentan Qu’est que’un anarchiste? Theses et
opinions, Iniciación al individualismo anárquico, Gentes y co-
munidades curiosas y Formas de vida en común sin estado ni
autoridad. Estos fragmentos fueron tomados de sus libros Amor
libre o sexualismo subversivo: variaciones sobre la voluptuo-
sidad (Biblioteca Editorial Generación Consciente, Valencia)
y La camaradería amorosa (Biblioteca Sarmiento, Buenos Ai-
res), ambos escritos entre los años 1920-1930.

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